Por Fernando Vicario.

La intersección de tres de los grandes ejes que será necesario transformar en este siglo, genera una manera nueva de mirar y comprender los futuros modelos de producción. Lo económico, la necesaria revisión de un sistema que no ha generado los beneficios que se esperaban de él y que ha logrado ir creciendo en la desconfianza generalizada de todos los sectores, incluso los que se benefician del mismo, por las tremendas grietas que deja ver en su estructura y crecimiento. Lo social, espacio en el que el descontento y la protesta crece a la par que las necesidades van siendo peor atendidas por gobiernos y entidades empresariales. Lo ambiental, con todo lo que hay detrás de este inmenso concepto, respeto por la naturaleza, preservación de materias primas, sostenibilidad ecológica, etc.

El cruce de estos necesarios cambios genera una manera de comprender la nueva economía basada en la circulación de los modos de concebir todo el proceso de la cadena de valor. El actual sistema lineal -extracción, fabricación, utilización, eliminación- no resiste mucho más. Ha sido un modelo en el que se ha impuesto sobre la racionalidad de los procesos, la ambición y el despilfarro. Un sistema que ha basado su crecimiento en una obsesiva y compulsiva producción capaz de hacer creer a los usuarios que el “desechar” era el mejor modelo de construir sociedades prosperas. El resultado es el agotamiento acelerado de los recursos naturales entre los cuales destacan por su importancia en la cadena los combustibles fósiles. Por ello es preciso con urgencia revisar la mejor manera de optimizar los flujos de materiales. Optimizar los usos de la energía, reducir el despilfarro que genera esa tremenda cantidad de residuos que no somos capaces de recuperar de ninguna forma.

La naturaleza nos ha demostrado en su modelo de crecimiento que es posible no desechar absolutamente nada. Todo lo que genera vida y produce vida, es aprovechado para mantener esa vida y mejorar sus calidades a la hora de preservarla. Nada, absolutamente nada es desperdiciado en la naturaleza.  El modelo es posible. Más de tres mil quinientos millones de años de vida sobre el planeta así lo demuestran. El único ser vivo que produce y además en cantidades alarmantes, materia que no es aprovechable para nada, es el ser humano. Por ello hemos de mirar cómo lograr lo que ya la naturaleza hace de forma más que eficiente, que los residuos de unos se conviertan en recursos para otros.

Este principio nos obliga a repensar la cadena desde el primer diseño, concibiendo un modelo que ayude a que todo lo que hagamos pueda ser reutilizado. Ser “deconstruido”. Debemos entender que nuestros residuos pueden ser nuevas materias primas en nuevas fabricaciones. Cada diseño debe contemplar factores que en este momento no se observan y no se examinan por la única y obsesiva mirada de “aquilatar gastos y aumentar beneficios”.   El mayor beneficio no es el dinero que nos va a dar una producción enloquecida y un consumo desmedido, es la conservación, la sostenibilidad.

A fuerza de repetir este mensaje parece haber perdido significado para los receptores. Por ello es necesario dotarlo de nuevo contenido. Estructurar soluciones que sean reales y aplicables, ayudando a través de ellas a que se entienda que si no aplicamos estas soluciones de forma rápida no podremos dejar a nuestros hijos un planeta habitable. La primera medida es entender en qué contexto estamos operando, deslocalizar la producción y buscar materias primas en lugares ajenos ha llevado a la población a no ver de cerca el deterioro que causa la extracción compulsiva, y la fabricación con mano de obra explotada.

La producción debe pensar en generar empleo local y no deslocalizar en exceso la extracción de materia primas. Con un modelo de trabajo cercano y próximo que utilice los recursos posibles para poder reutilizar en la medida de lo posible los desechos de esos recursos en el espacio en que se generan. Hemos de pensar en cómo reutilizar todo aquello que estamos generando, desde los desperdicios de las comidas, hasta el material médico de las costosas intervenciones quirúrgicas.

La cifra promedio de material por persona en una vida de unos 80 años se calcula en Europa en unas 16 toneladas. Esto es lo que se estima como necesario hoy para mover la economía actual. De esas 16 toneladas el calculo que hacen los expertos lleva a pensar que al menos 6 toneladas se convierten en residuos de los que mucho mas de la mitad no son reutilizables[1]. Es obligatorio pensar que la eficiencia de los recursos debe ser independiente de su utilización lineal. La eficiencia de los recursos debe comenzar a ser mirada en su posterior reutilización y su ductilidad para ser absorbidos en nuevas aplicaciones. El ciclo de un producto no debe tener fin, como no lo tiene en la naturaleza. La materia ha de ser utilizable en diversos modos y ha de servir como fuente de nuevas calidades de producción.

Esta nueva manera de concebir la producción, conocida como la economía circular, descansa en varios ejes de los que señalamos algunos al principio de estas líneas, los impactos medioambientales que disminuirían si logramos ampliar el ciclo de vida de un producto. Prolongar su utilidad y evitar convertirlos en basura. Hablar de ecología industrial[2] implica hablar de producción territorial,  de organizar la industria en diálogo con el territorio. Rescatando los “valores compartidos” que el nuevo diseño pone a nuestro alcance. Optimizando la gestión de las existencias y los flujos de materiales. Ello seguro tendría implicación positiva en el uso de las energías renovables y en la generación de nuevos servicios locales, lo que aumentaría la creación de empleos en las zonas que hoy están siendo deshabitadas por la excesiva concentración de mano de obra explotada en las grandes urbes.

Como gran transformación imprescindible es preciso poner en marcha una economía de la funcionalidad. Priorizar el uso por encima de la propiedad. Agilizando los mercados de servicios y cambiando las mentalidades de los consumidores. Una economía del acceso[3], capaz de desmontar los conceptos de propiedad individual y acumulación de propiedades que al no ser útiles nos fuerzan a desecharlos y comprar nuevos productos de la misma gama. Cambiar al consumidor como parte de la estrategia de “valor compartido” y cierre de la transformación imprescindible para hacer realidad la “economía circular” como nuevo modelo productivo.

Una transformación que no es fácil, pero es imprescindible. Cambio de sistema, que llevará aparejado mejora de condiciones de vida de todo el planeta y por supuesto de quienes lo van habitar después de nosotros.

[1] https://ethic.es/2017/09/el-ciclo-sin-fin-de-la-economia-circular/

[2] https://economiacircular.org/wp/?page_id=62

[3] https://economistasfrentealacrisis.com/la-economia-del-acceso-y-el-fin-de-la-propiedad-individual/