Por: Juliana Montoya Arango, jefa (e) del pregrado en Diseño Urbano y Gestión del Hábitat, Centro de Estudios Urbanos y Ambientales (urbam), Universidad EAFIT
Alejandro Álvarez-Vanegas, Coordinador del Núcleo de Formación Institucional en Cultura Ambiental, Universidad EAFIT

El ODS 11 nos hace un llamado urgente a «lograr que las ciudades sean más inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles». Para que esto suceda, hay que recordar una de las lecciones más importantes de la sostenibilidad: hay que educar para reconocer que los asuntos sociales y económicos nunca están desligados de la dimensión ecológica.

Un ejemplo de esta interconexión se encuentra en el concepto de «salud planetaria», que nos muestra –con una claridad aterradora– que la degradación de los ecosistemas tiene un vínculo directo con la degradación de la salud humana. Así lo indicó un estudio de The Lancet que evidencia que en 2015 murieron quince veces más personas por la contaminación del aire, el agua y el suelo, que por todas las formas de guerra y violencia juntas. A esto se suma la aparición de enfermedades zoonóticas que, como en el caso del COVID-19, pueden terminar convirtiéndose en una pandemia. Todos estos costos sociales y económicos son resultado de un modelo de desarrollo en el que se permite y se premia la destrucción de los ecosistemas.

Es clave actuar en las ciudades si se quiere armonizar la relación entre los seres humanos y la naturaleza, y así alcanzar una sociedad global sostenible. Aunque estos paisajes urbanos ocupan un porcentaje mínimo del área de la tierra (alrededor de un 3%), en ellos se aloja la mitad de la población mundial y se generan unas tres cuartas partes de las emisiones de carbono, la demanda de grandes cantidades de recursos naturales, la producción de enormes cantidades de residuos, que interactúan profundamente con sus biorregiones circundantes y que alteran considerablemente los ecosistemas cercanos y lejanos. Según el DANE, en Colombia la proporción entre lo urbano y lo rural es aún más inclinada hacia las ciudades, pues el 77% de la población vive en cabeceras municipales, lo que hace que el mejoramiento de los espacios urbanos sea imprescindible. Pero, además de los impactos ambientales negativos de las ciudades (que, como ya vimos, nos afectan directamente), en ellas encontramos también grandes desigualdades: el crecimiento de la inequidad y la exclusión territorial, social y económica; la debilidad institucional; la persistencia de múltiples formas de pobreza a causa de la no satisfacción de necesidades humanas básicas y la segregación espacial, son una realidad irrefutable que se ha evidenciado cada vez más en esta pandemia. Es por esto que en las ciudades es donde se está jugando el futuro de nuestra sociedad y del planeta, y su relevancia en la construcción de entornos más justos y sostenibles.

Tener la conciencia de todos estos impactos interconectados en una época de crisis ecológica, social y urbana exige reivindicar la necesidad de educar para crear ciudades y territorios en armonía con la diversidad de formas de vida. Imperativo que asume la Universidad EAFIT a través de la experiencia del Centro de Estudios Urbanos y Ambientales – urbam y que busca responder a este llamado a la acción por medio del nuevo pregrado en Diseño Urbano y Gestión del Hábitat, un programa en el que convergen el sistema ecológico, el sistema social y el sistema urbano, en busca de formar profesionales que, además de tener un profundo sentido de la ciudadanía y de respeto por la naturaleza, sean capaces de confluir múltiples disciplinas, saberes y metodologías para responder a estos retos y aplicar herramientas de diseño y gestión para transformar lo existente y planificar lo futuro para lograr hábitats sostenibles. Esta nueva oferta es una respuesta al hecho de que la educación, como proceso formativo, tiene la gran responsabilidad de ayudar a ubicarnos en la sociedad y en el entorno ecológico en donde estamos inmersos: se requiere una oferta académica vanguardista, orientada no solo a preservar los conocimientos que como humanidad hemos generado, sino también a la solución de los retos que hoy nos agobian y a la construcción de un mejor mañana.

Las ciudades son por excelencia, escenarios en donde lo ecológico y lo social (incluyendo lo económico) se encuentran y por eso, al diseñar lo urbano y al gestionar el hábitat, se debe tener una orientación hacia la valoración y el respeto por la vida, de manera que se brinden beneficios de manera equitativa para toda la población mientras se promueve la biodiversidad y el uso sostenible de los ecosistemas. Las ciudades, desde su concepción, diseño y gestión, deben ayudarnos a reconfigurar la relación humanos-naturaleza. A eso hay que apuntarle.