Por: Jaime Espejo

Introducción

En los últimos 60 años, especialmente las empresas y también las instituciones y organizaciones en las sociedades occidentales, han sido interpeladas sobre su papel como actores dinamizadores del desarrollo económico y social; las reflexiones y propuestas que se generan a partir de estas interpelaciones, al encontrar respuestas positivas por parte de actores y sus contextos, se pueden convertir en enfoques y luego en tendencias; esta situación, por algunos puede ser interpretada como ejercicios reactivos y hasta convenientes a los problemas, a las necesidades, las oportunidades y desafíos que se manifiestan en las sociedades, en sus intentos de configurar unos modos de organizarse y garantizar formas de vida adecuados para los ciudadanos; pero otros tantos, vemos allí un reflejo de la búsqueda incesante del ser humano por dar un sentido de propósito a sus acciones, y especialmente, un propósito que pueda valorarse por su capacidad para acoger, vincular e impulsar colectivamente a las personas, los grupos y las entidades sociales a mejorar integralmente (en sus diferentes dimensiones constitutivas) y contribuir en el logro de unas condiciones de vida deseables y sostenibles en el tiempo.

Algunas de estas reflexiones que se han convertido en enfoques y tendencias son por ejemplo la responsabilidad social corporativa, el valor compartido y el desarrollo sostenible, los cuales, como lo he mencionado, más que estrategias de respuesta, son compromisos de comprensión, búsqueda, y actuación coherente por parte de los actores sociales que logran encontrar sentido en ellas. Por supuesto que estos enfoques y tendencias van cobrando fuerza y aceptación en la medida en que evidencien su efectividad para responder a problemas, necesidades y desafíos, pero su valor no se reduce a ese atributo, pues, si bien todas ellas involucran una dimensión ejecutiva, referida a objetivos de actuación, a recursos, acciones y resultados, también convocan una dimensión política y una dimensión ética, que muchas veces no resultan tan claras y evidentes.

La dimensión política, entendida en un sentido amplio como las diversas formas de participación (prácticas, enfoques, movimientos, colectivos, líderes) orientados a fortalecer o transformar las capacidades sociales como las instituciones, las normas, regulaciones, los recursos y actores sociales, para proteger los bienes comunes, atender las problemáticas que afectan a la población y prevenir o tramitar los conflictos entre actores sociales.

La dimensión ética, entendida en un sentido amplio como las reflexiones colectivas capaces de fundamentar y orientar las acciones humanas en un sentido moral, abordando en ellas, las razones profundas y los propósitos detrás de los valores, las valoraciones, las normas, las creencias y los comportamientos sociales.

En ese sentido, los aportes que desde el enfoque de valor compartido se busca dar, al promover que las empresas y las organizaciones sean capaces de desplegar sus propuestas de generación y agregación de valor, a través de productos y servicios que, además de generar capital económico, generen también capital social y ambiental, o, si se quiere interpretar de otra manera, que los impactos de las empresas y organizaciones en sus entornos, tengan en consideración tanto los efectos económicos, como sociales y ambientales, tales aportes exigen tanto una exploración de formas innovadoras de emprender acciones (mediante proyectos, programas, convocatorias de desafíos, etc.), como de articular capacidades y recursos para que tales acciones sean viables y sostenibles; pero también implica identificar en las dimensiones ética y política del enfoque, cómo propiciar formas de participación colectiva, de empoderamiento y transformación de las lógicas de  relacionamiento social para hacerlas más colaborativas, más interdependientes, más co-creadoras.

Los ecosistemas de innovación y emprendimiento como ambientes transformadores

Ecosistema es un concepto que tomamos prestado respetuosamente de las ciencias naturales como un ejercicio de aprender de la naturaleza y sus formas de despliegue de la vida. Si bien el concepto de valor compartido es enteramente humano, definitivamente en la naturaleza  se evidencian expresiones que tienen similitudes y aspectos de los cuales, las sociedades humanas podemos aprender; una de ellas es la dinámica de relaciones entre los miembros de los ecosistemas, especialmente basadas en lógicas de co-dependencia y en el desarrollo de actividades productivas que aportan no solo a quien las realiza sino también a otros actores del ecosistema, dinámicas como la polinización de las abejas, el ciclo del agua, la circulación de plancton marino, entre otras, son claras expresiones equivales a ejercicios de “valor compartido”.

Desde hace unos 10 años, los investigadores y divulgadores científicos, han venido usando sistemáticamente el término “ecosistemas” para representar sistemas de actores sociales con altos niveles de colaboración e interdependencia, y actualmente el término viene siendo usado en diversas áreas con focos específicos: ecosistemas educativos, científicos, productivos, empresariales, de innovación, de emprendimiento, etc.

Los ecosistemas de innovación y emprendimiento específicamente tienen una historia de casi 60 años, siendo la experiencia pionera y referente clave, el denominado Silicon Valley que surgió con el impulso de la Universidad de Stanford en Estados Unidos a mediados de la década del 60 del siglo XX, y que influyó en el surgimiento de otras experiencias como el Silicon Wadi en Tel Avid (1978), el Silicon Alley en New York (1989), el Zhongguancun en Pekín (1980) y el WISTA Science and Technology Park en Berlín (1994); durante la década del 90 hubo una explosión de Parques Científicos y Tecnológicos en Europa, Estados Unidos y Asia, muchos de los cuales no lograron ser sostenibles y cerraron y otros lograron madurar y consolidarse, actualmente la Asociación Internacional de Parques Científicos y Tecnológicos – IASP (por sus siglas en inglés), cuenta con más de 350 miembros en todo el mundo. Durante la década del 90 y con una inauguración formal en el año 2000, toma forma un distrito de innovación y emprendimiento emblemático en Barcelona (España) el Distrito 22@, el cual comienza a marcar una inflexión importante en los ecosistemas de innovación, que pasaron de ser en su mayoría espacios cerrados y apartados de las ciudades (polígonos industriales) a ser espacios integrados a las ciudades, abiertos y transformadores de las dinámicas territoriales. En la primera década del siglo XXI surgen espacios como el Digital Media City en Seúl (2006), la Electronics City en Bangalore (2004 en su fase 3), también diversos Parques Científicos y Tecnológicos en América Latina como el Parque Tecnológico de ITAIPU (2003) en la frontera entre Brasil y Paraguay, el de Concepción (2011), entre otros; en Colombia, también encontramos experiencias interesantes como el Parque Tecnológico de Antioquia, El Parque Tecnológico de Umbría, el Tecnoparque del SENA,  Ruta N en Medellín y el Parque Científico de Innovación Social de UNIMINUTO en Bogotá; actualmente se encuentran en curso tres importantes proyectos de Parques: El Parque Tecnológico de Bogotá (impulsado por la Cámara de Comercio de Bogotá y otros aliados), el Parque Biopacífico en el Valle del Cauca y el fortalecimiento del parque Guatiguará en Santander.

En virtud de lo anterior y sumados a la iniciativa que entidades como la Cámara de Comercio de Bogotá, Connect Bogotá, Probogotá ANDI, la Alcaldía de Bogotá y la Gobernación de Cundinamarca han venido desarrollando juntas con dinámicas de “clusterización” de capacidades mediante la estrategia de Especialización Inteligente para Bogotá Región, la Organización Minuto de Dios y particularmente UNIMINUTO Sede Bogotá, ha iniciado un piloto (que se encuentra en su primera fase) para impulsar un Ecosistema de Innovación y Emprendimiento Social MD, como un ambiente de relacionamiento interdependiente, simbiótico y co-creativo, que propicia un tejido de relaciones articuladas de colaboración mutua entre actores sociales que comparten el territorio Minuto de Dios, en Bogotá, que, usando la innovación y el emprendimiento buscan solucionar problemas y mejorar la calidad de vida de manera colectiva.

Un ecosistema de innovación y emprendimiento sirve para articular capacidades de instituciones, organizaciones o empresas y usarlas en proyectos o desafíos sociales en los que participan actores sociales como co-creadores, afianzando así las relaciones de confianza, generando o fortaleciendo capacidades organizacionales, generando capital social y movilizando recursos para hacer viables y sostenibles los impactos.

Los tipos de actores en virtud de los servicios principales que aportan al ecosistema son:

  • Educadores, formadores e impulsores de habilidades de innovación y emprendimiento social.
  • Incubadoras, aceleradoras, generadores de innovación y emprendimiento y transferencia tecnológica.
  • Promotores de cultura de innovación, emprendimiento y trabajo colaborativo (networking, coworking)
  • Empresas, inversores y financiadores de iniciativas, proyectos y productos.
  • Instituciones públicas y gobiernos locales, regionales o nacionales.

La dinámica del ecosistema consiste en lograr resultados positivos en los territorios que hagan que las relaciones se fortalezcan y propicien nuevos proyectos colectivos, por ello, si bien las experiencias exitosas dependen de los actores, el ecosistema también requiere ser gestionado en los siguientes aspectos:

  • Gestión de relaciones
  • Gestión de resultados e impactos
  • Gestión de oportunidades

 

El valor potencial de los ecosistemas de innovación y emprendimiento para reducir desigualdades

Experiencias como la del barrio Minuto de Dios, concebido como un laboratorio social que ha venido madurando hacia un ecosistema social, o como el Distrito 22@ en Barcelona, o como el Issy-les-Moulineaux en París, son ejemplos muy interesantes de los cambios y las transformaciones que se generan en las condiciones de habitantes de un territorio cuando se articulan capacidades diversas de acción con un propósito y cuando esas capacidad van madurando desde procesos educativos, interacciones sociales, investigaciones y proyectos técnicos, hasta ejercicios de innovación y emprendimiento.

En el informe 2019 presentado por la CEPAL en el marco del Foro de los Países de América Latina y el Caribe sobre Desarrollo Sostenible (Santiago de Chile 24 a 26 de abril), la institución plantea algunos mensajes clave sobre los temas que aborda el ODS 10 y sus metas:

  • Las desigualdades limitan el crecimiento económico, marginan a los individuos y erosionan la confianza en las instituciones.
  • Se mantienen grandes desigualdades intergeneracionales en la región.
  • Existen una segregación ocupacional de género y una mayor participación laboral femenina en trabajos precarios
  • Los altos niveles de desigualdad exigen una mayor cohesión social.
  • Para enfrentar la desigualdad se requiere un trato diferenciado para las personas vulnerables
  • La migración y los desastres naturales pueden contribuir a la desigualdad en la región
  • Es necesario regular y facilitar la migración, no restringirla

En este informe y en otros documentos de la CEPAL y de otras entidades que analizan sistemáticamente el problema de las desigualdades sociales, se hace mención a tres factores claves que ayudan a mitigarlas y reducirlas, desde programas, proyectos o iniciativas públicas o privadas: a) la confianza de los actores sociales en las instituciones y organizaciones, b) la generación de capacidades territoriales para transformar condiciones y c) la disposición de capital social y económico para viabilizar las apuestas de transformación.

Pues bien, los ecosistemas de innovación y emprendimiento vienen siendo concebidos como ambientes que promueven estos tres aspectos, ya que, al promover la vinculación de diversos actores territoriales y en ocasiones conectarlos con actores externos en dinámicas de co-creación, van generando relaciones de confianza entre ellos; por otra parte, los ecosistemas ayudan a madurar capacidades que puedan quedar instaladas en el territorio, entre ellas, capacidades de gestión de información y conocimiento, infraestructura de investigación e innovación, equipos humanos expertos para acompañar procesos, espacios de participación ciudadana en procesos de innovación y emprendimiento, capacidades de comunicación y relacionamiento con actores, entre otras. Pero también, los ecosistemas que se consolidan se vuelven unos grandes movilizadores de recursos en tanto que son espacios que atraen y generan capital social y económico.

Finalmente, con este artículo y la presentación de esta experiencia en el marco del VII Congreso de Valor Compartido, hemos querido desde UNIMINUTO poner a disposición el espacio digital del Ecosistema MD de innovación y emprendimiento social, que se encuentra soportado por la plataforma Moonshot (www.moonshot.ceo), como una capacidad dispuesta para la gestión de desafíos, la incubación de proyectos de innovación y emprendimiento y la visibilización y articulación de innovadores y emprendedores en formación y expertos, startups y grupos de investigación con empresas, inversores, instituciones públicas y actores dinamizadores como mentores y redes para materializar ideas planteadas en lógica de valor compartido, de responsabilidad social o de desarrollo para la sostenibilidad.